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ALEJANDRO SIEVEKING: “Soy tan ambicioso que no tengo ego”


Fue una leyenda precoz. A los 25 años, Alejandro Sieveking escribió una obra de teatro que fue un éxito en Chile y en el extranjero, en el debut como director de Víctor Jara. Y a sus 81, el dramaturgo está a punto de estrenar Pobre Inés sentada ahí, un drama musical con Bélgica Castro, su eterna musa y compañera.

 

Alejandro Sieveking ya tiene escrito cuatro testamentos. Todos están en su cabeza, eso sí.
—Por ejemplo, ese gato mexicano. ¡Es una joya! —dice, mientras apunta a su mesa de centro, en su departamento frente al cerro Santa Lucía, ese que fue retratado fielmente en la película Gatos viejos y que comparte con la actriz Bélgica Castro.

 

—¿A quién se lo va a dejar?
—Al Museo de Arte Popular Americano, en el GAM. Los libros de historia del traje, hice mucho diseño de vestuario en el tiempo en que estuve en Costa Rica, esos van para el Museo de la Moda, y al Museo Histórico Nacional le he regalado un par de trajes de fiesta de los años 20, muy Greta Garbo. ¡Muy preciosos!

 

Sieveking (81) habla afectado, alargando las palabras, como si fueran otra extensión de su cuerpo, que luce largirucho al lado de la pequeña Bélgica. Sieveking, una leyenda viviente, un dramaturgo con obras fundamentales en cualquier historia del teatro chileno (Ánimas de día claro, 1962; La remolienda, 1965; Tres tristes tigres, 1967) y que ha hecho del humor negro el sello de su trabajo, se divierte con su testamento imaginario.

 

—¿Qué cuadro va ir a parar a qué museo? —dice, antes de lanzar una carcajada que lleva largo rato aguantando.
—Un traje de mujer de vampiresa, negro, de plástico, comprado en Nueva York, se lo regalé al Museo de la Moda, de Yarur. Uno tiene que apoyar las cosas buenas que hay en el país. El cuadro de la Hormiguita (Delia del Carril) lo había pensado para el MAC. Todos los premios nuestros van a ir a parar a Chileactores, a los sindicatos. Los libros de teatro, al GAM, nuestros álbumes de teatro, al GAM. Es la mejor biblioteca de teatro de Santiago y quiero que sea la mejor de Sudamérica. Si yo me muero, todo va a quedar para la Bélgica.

 

—Y ella se va a morir también—interrumpe Bélgica, quien luego pregunta por sus cigarros.
—Nos pusimos a hablar de la muerte y tú dijiste “esta cuestión me cargó” —le responde Sieveking.
—Nooo, si uno fuma por fumar, no más. “Fumar es un placer, genial, sensual” —comienza a tararear Bélgica.

 

La dupla inseparable del teatro chileno está a la espera de un nuevo ensayo de Pobre Inés sentada ahí. Es mediodía de un verano porfiado, que se niega a partir. Lejos de su departamento, en el Espacio Checoslovaquia, cerca del metro Irarrázaval, actores y miembros del equipo técnico se pasean frente a una hilera de bicicletas estacionadas. Aquí, la dupla parece estar fuera de lugar. O quizá, está más allá del tiempo.
Bélgica baja de un segundo piso con la ayuda de Sieveking. Lo hace lentamente, pero segura, pese a que ahora siempre camina apoyada en un bastón.

 

—Tengo 94 —dice Bélgica.
—Tienes 95, no te quites años —la corrige Sieveking.

 

Ella se ríe, con esa risa cómplice que uno ha escuchado tantas veces en el cine y en el teatro, como de un niño al que acaban de pillar en una maldad.

 

Bélgica Castro cumplió 95 años el domingo 6 de marzo. No lo celebró. Su padre, anarquista, nunca celebraba los cumpleaños, y a ella no le quedó otra que acostumbrarse. Sieveking la acompaña en esa tradición:
—Celebramos otro día. Cualquier día. No celebramos ni la Pascua ni nada. Para la Pascua a veces vamos a comer con el hijo de la Bélgica, que vive en el departamento de al lado.

 

Rodrigo Bazaes interrumpe para afinar detalles antes de la “pasada”, que es como llaman en la jerga teatral a los ensayos. Bazaes es el hombre orquesta. El talentoso director de arte y de teatro que devino en director de las últimas temporadas de la serie de televisión Los 80, está a cargo del montaje.

 

“Víctor Jara dirigió ‘Parecido a la felicidad’ de una manera que la gente no entendió en su momento ni la entiende ahora. Era más que teatro. Porque era tan de verdad y tan como cine”.

 

—Bazaes es muy brillante. A mí me interesa trabajar con la gente joven porque no son ellos los que aprenden, es uno el que aprende de ellos, de la visión que se tiene ahora del teatro, de los problemas que enfrentan en la actualidad. Es un aprendizaje para nosotros. De repente, como siempre en estos casos, estamos en desacuerdo —dirá Sieveking después, lanzando otra de sus sonoras carcajadas.

 

Es el último ensayo junto al esloveno Izidor Leitinger, el compositor y director musical de la obra. Porque lo que veremos a partir del próximo 5 de abril, en el teatro del CA660 no es una obra de teatro cualquiera. Es un drama musical, donde los actores protagónicos, Ema Pinto, Ximena Rivas, Manuela Oyarzún y Julio Milostich, cantan en varios pasajes para relatar la historia de unas hermanas que se disputan la herencia del padre muerto. Algo, como suele ocurrir en las obras de Sieveking, muy chileno.

 

—Yo conocí de cerca un caso muy parecido. Incluso la diseñadora de vestuario dijo “esto es lo que me pasó exactamente a mí”. Raro eso. Yo estaba tratando de tomar el problema de las herencias que destrozan a las familias por ambición o por resentimiento —dice Sieveking.

 

 

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